Hay formatos que llegan a su punto máximo, se explotan hasta el cansancio y, cuando finalmente dejan de funcionar, la televisión insiste en exprimirlos como si todavía quedara algo dentro. Eso está pasando con La Casa de los Famosos México.
Lo que alguna vez fue novedad terminó convertido en una fórmula perfectamente predecible: encerrar a un grupo de celebridades, provocar pleitos, repartir nominaciones, fabricar villanos, coronar favoritos y esperar que las redes sociales hagan el resto. El problema es que el público ya se sabe el guion.
La sorpresa desapareció. El morbo se desgastó y la convivencia terminó siendo lo menos interesante de un programa que depende precisamente de eso: de observar la convivencia.
Y la propia producción parece saberlo.
En las últimas ediciones ha dado la impresión de hacer hasta lo imposible por mantener encendida una fogata que ya se está quedando sin leña: más conflictos, más confrontaciones, dinámicas diseñadas para provocar, reglas que cambian, situaciones que buscan desesperadamente convertirse en tendencia y una constante necesidad de fabricar el siguiente escándalo.
Cuando el entretenimiento ya no surge de manera natural, hay que provocarlo.
Y ahí es donde comienzan también las sospechas sobre las eliminaciones. En cada edición aparecen decisiones que para una parte del público resultan difíciles de explicar y que alimentan la percepción de que la producción mete mano o mueve piezas para conservar dentro de la casa a los personajes que más conversación generan.
¿Está realmente todo tan calculado? Es difícil saberlo desde afuera. Pero cuando una audiencia comienza a cuestionarse si está viendo un reality o una historia previamente acomodada, algo ya se rompió.
Porque un reality necesita que el espectador crea que lo que está viendo puede cambiar en cualquier momento. Si la sensación es que la producción necesita intervenir para evitar que el programa pierda interés, entonces el problema ya no es el elenco: es el formato mismo.
Pero quizá lo más cansado ya no está dentro de la casa, sino afuera.
Los fandoms se han convertido en una especie de ejército digital dispuesto a justificar prácticamente cualquier comportamiento de sus favoritos. No importa si hay actitudes cuestionables, provocaciones, misoginia, soberbia o simples desplantes: siempre habrá alguien dispuesto a explicar por qué “en realidad no fue para tanto”.
Y ahí aparecen personajes como Adrián Marcelo, Ese Pérez , Karina Torres o Aldo Rendón, que para esta columna representan algunos de los peores momentos y perfiles que han pasado por el concepto. Lo verdaderamente preocupante no es únicamente lo que hacen determinados participantes, sino que exista una audiencia dispuesta a convertir cualquier conducta en una virtud cuando viene de su favorito.
El fandom dejó de mirar el programa para analizarlo y comenzó a verlo para defenderlo.
Ya no importa quién tenga razón; importa quién tiene más seguidores.
Y cuando un reality depende más de las guerras entre fandoms que de lo que sucede dentro de la casa, es una señal bastante clara de que el formato está agotado.
Porque La Casa de los Famosos México ya no genera conversación por ser novedosa; genera conversación porque sus seguidores se pelean entre ellos. Eso puede mantener encendidos los hashtags, pero no necesariamente mantiene vivo al programa.
Quizá el verdadero problema de La Casa de los Famosos México no sea que tenga malos participantes. Es que el formato ya está quemado.
Ya vimos la estrategia. Ya conocemos las peleas. Ya conocemos a los fandoms. Ya sabemos cómo se construyen los villanos y cómo se fabrican los favoritos. Y ahora también vemos una producción que parece necesitar empujar cada vez más fuerte para conseguir el mismo nivel de atención que antes obtenía de manera natural.
Y cuando hasta el escándalo comienza a sentirse repetido, cuando los pleitos parecen provocados y cuando el público empieza a sospechar que hasta las eliminaciones pueden estar condicionadas para sostener la narrativa, quizá no estemos ante una nueva temporada.
Quizá simplemente estamos viendo la repetición de un programa que ya dio lo que tenía que dar.
El problema es que Televisa puede cambiar participantes, reglas, dinámicas y hasta fabricar nuevos villanos.
Pero hay algo que ni la producción ni los fandoms pueden fabricar eternamente: El interés del público.