Mientras María, una artesana rarámuri, cuenta los días para terminar la napácha (blusa tradicional) que venderá a un precio que no alcanza para que sobreviva un mes, en Nueva York, Nikki Chasin ofrece una copia exacta de su trabajo por 750 dólares (poco más de 15 mil pesos).
La diferencia, además del costo, es que la diseñadora estadunidense llama a la prenda vestido zigzag. Nunca mencionó a María ni a la comunidad de la que es originaria; tampoco, a las montañas sagradas que inspiraron esas grecas. Este no es un caso aislado: es la regla de un sistema que convierte la herencia cultural de los pueblos indígenas de México en mercancía robada.
En realidad, se trata de una práctica extractivista que no conoce fronteras. El año pasado, Louis Vuitton, la prestigiada casa de moda francesa activa desde mediados del siglo XIX, presentó como parte de su colección Resort unas réplicas idénticas de blusas típicas de una región de Rumania. A pesar de la campaña para impedir su venta, la compañía no dio el crédito ni se disculpó.
Nunca se pronunció, simplemente ignoró el hecho de que estuvieran apropiándose de algo, denuncia Olivia Meza, especialista de NGO Impacto, organización no gubernamental mexicana comprometida con el desarrollo sustentable de los pueblos originarios.
Con información de La Jornada